¿Es la Responsabilidad Social Empresarial una versión contemporánea de la salvación?

En las cimientes más remotas de la responsabilidad social se encuentra el ancestral anhelo humano de salvar al otro y ganarse así “el Reino de los Cielos”. Tal actitud es de innegable nobleza y aceptación, sin embargo, las buenas intenciones y los credos que imponen una visión única del bien común,  pueden convertir a la “salvación del otro” en  la base de dogmas y prácticas inflexibles con potestad de encauzar, calificar y hasta penalizar la acción de una persona, un grupo, una institución o una sociedad entera.

 

 

20111231_222303_resized ¿Es la responsabilidad social una práctica que asume e implica una necesaria revisión de la sociedad en su condición humana y una forma de regresar  la mirada hacia una antigua filosofía?

Vale acotar que definimos Responsabilidad Social Empresarial o RSE como un acto voluntario y consciente de una empresa, volcado en prácticas y fundamentalmente en el relacionar, y que su consecuencia última o meta final es el bien común, la ganancia compartida. Lleva consigo un contenido de espiritualidad, cuyo punto de partida es el ser humano autónomo, consciente de sí mismo y su responsabilidad individual. Planteamiento reiterado por el profesor Emeterio Gómez en sus constantes referencias hacia la ética y el capitalismo solidario.

Michel Foucault en “Hermeneútica del Sujeto”, se ocupó de ahondar en los elementos que definen la cultura o “tekhne de sí”, con especial énfasis en la espiritualidad entendida como un proceso transformador e individuante. Se concibe como “la búsqueda, la práctica, la experiencia por las cuales el sujeto efectúa en sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad”[1]. En forma tangible se identifican como signos de ese proceso al conjunto de prácticas y vivencias como purificaciones, ascesis, renuncias, las conversiones de la mirada, modificaciones de la existencia, entre otras, que de alguna manera son un precio a pagar en la búsqueda de  ese santo grial llamado verdad. Y ésta es  entendida y aceptada como el “algo” o “meta” que ilumina y brinda tranquilidad al alma. Siendo esto último un estado máximo de bienestar interior entonces el ocuparse de sí mismo- y todo lo que conllevaba- era una labor justificada por el afecto hacia sí mismo.

foucault
Michel Foucault

Como momento histórico esa cultura de atención al desarrollo espiritual del hombre por el hombre mismo, tuvo lugar en los siglos I y II D.C, aunque con referencias y revisiones a planteamientos precedentes, como el socrático –con el Alcibíades- y los primeros estoicos, impulsadas además por el epicureismo, cinismo y neoplatonismo. En el debate de aquel entonces se hallaba entre la necesidad humana de reafirmación del individuo como tal y para sí mismo, y la de fortalecimiento y desarrollo para que en consecuencia las sociedades mediterráneas contaran con suficientes recursos –en este caso, humanos- que les posibilitara su permanencia y salvación.

¿Se  trataba entonces de ocuparse de sí por derecho propio al desarrollo humano, o por corresponder a una necesidad colectiva de Convivencia y sentido del Otro en la Responsabilidad Social ?

Para comprender el nexo entre cultura de sí y salvación

En esta cultura fue fundamental el elemento “salvación” o “soteria”, entendida como la meta  última, o logro, a alcanzar luego del proceso de la conversión del yo, agenciado por él mismo, pero con tutelaje de un maestro. La relación consigo mismo, la mirada hacia adentro y su propia vida, era lo más importante. Aplicaba tanto en la salvación del si mismo como en la de otros y su precedente  estuvo en las raíces órficas de la escuela pitagórica.

La acepción de salvación era diferente a lo que posteriormente la doctrina cristiana tomara como eje de su discurso, y su posterior arraigo como la imperiosa necesidad de consagrar la vida al combate de todas las posibles desviaciones del camino. La recompensa era muy clara: la vida eterna en el reino de los cielos. Esto condujo a plantear la vida del ser humano con un drama contra la muerte y contra elementos como las transgresiones, los pecados o las caídas (declive del ser); además del reconocimiento de la necesaria existencia de otro como objeto receptor y certificador o testigo, por así decirlo, de que se merecía la salvación.

En la cultura de sí el término “Sozein” abarca el salvar tanto a sí mismo como a los otros, sin connotación negativa. Hacerlo era construir el camino para resolver seis tipos de necesidades tales como:

 

  1. Liberación de un peligro. Se da en esta una función anticipativa en la que alguien con mayor conocimiento o saber, distingue esa amenaza en la vida de un otro y el cómo debe hacer para evitarlo.
  2. Preservación del recinto, resguardo del alma. Era un acto de blindaje a través del cuidado del cuerpo físico, como una barrera protectora para impedir la perturbación del la interioridad por acción de agentes externos.
  3. Conservación de un atributo o recuerdo valioso. Se procuraba una asepsia espiritual para eliminar cualquier posibilidad de alteración de una virtud natural o desarrollada en el individuo, como el pudor.
  4. Evasión o escape, tanto de un espacio o una situación para evitar una sanción legal. Se buscaban elementos que permitieran al individuo demostrar inocencia, ausencia de culpas.
  5. Sobrevivencia y subsistencia del statu quo. Se persigue mantener el estado primigenio de un ente, un rol de autoridad e incluso, de un grupo social, para evitar su pérdida.
  6. Mecanismo para hacer el bien. Alude al principio del procurar bienestar, tanto de alguien, como de un algo o una colectividad

Por lo cual hablar de la salvación de un alma era hacer mención a un grado de realización que permitiría actuar en el momento necesario, sin pérdidas y con la intención de nutrir el acto de vivir: “un alma se salva cuando está convenientemente armada, cuando está pertrechada de forma tal que puede, en efecto, defenderse llegado el caso. Quien se salva es aquel que encuentra en un estado de alerta, en un estado de resistencia, en un estado de dominio y soberanía de sí que le permite rechazar todos los ataques y todos los asaltos”.  Es decir, es prepararse, crear un capital emocional y una estructura que permitiera defenderse en casos de posibles conflictos o incidentes que pudieran afectar o distorsionar un estado de equilibrio interno.

Pero lejos de ser la salvación un acto de compromiso único del yo con el yo, también era un puente a la salvación de otros, mediante el lazo de implicación esencial. Este postula que el ocuparse de sí mismo permite en consecuencia, ocuparse de los demás; y además complementa el rol de otras dos clases de lazos (de finalidad y de reciprocidad) que validan el valor social de la tecnología de sí.

La vinculación de la salvación de sí con la práctica social tenía distintas aproximaciones. Para los epicúreos la práctica de sí tenia sustento en la amistad, vista como algo deseable en sí misma y no por su componente utilitario. Se ejercitaba como una forma de construcción de relaciones,  a través del equilibrio entre la confianza, lo recíproco del intercambio y el aporte hacia las partes en su esfera personal y hacia la amistad en sí.

En el neoplatonismo se muestra a la salvación de los otros como una recompensa complementaria, o valor agregado, derivada del trabajo sobre sí mismo. La práctica de sí fortalecía el alma y creaba bases para el actuar a favor del otro cuando el momento lo exigiese. Mientras que en el caso de los estoicos se establecía una  concepción del hombre como ser comunitario, sustentado en el “Lazo Providencial”, entendido este como el hecho de que el hombre anda tras la búsqueda del bien por disposición de un orden natural o providencia. Pero que además de esto el hombre fue dotado de capacidad reflexiva, y que esta le permite discernir en cuanto  a lo que depende y no depende de él.  Ocuparse de sí en forma correcta entonces le permite cumplir con los deberes que le corresponden en sus nexos dentro de la comunidad humana. “…es la inquietud de sí la que, en nosotros mismos y a título de consecuencia, debe producir, inducir las conductas mediante las cuales podemos preocuparnos efectivamente por los otros. Pero si comenzamos por preocuparnos por ellos, todo está perdido”. [2]

marco-aurelio El pensamiento de Marco Aurelio evidencia lo que implica ejercer un cargo de autoridad. Lejos de inducir al alejamiento de la práctica de sí, lo refuerza. Ocupar una función pública conlleva un actitud contemplativa y circunstancial en la que el rol que se ejerce- en este caso el de Emperador-  se asume como una labor más del sujeto. Y éste procura, en primer lugar, hacer el bien lo que le compete a si mismo – como el oficio que desempeña- siendo lo que se es como ser humano. Es decir, ocuparse de sí abarcaba ocuparse de sus roles y el dominio de su emocionalidad, especialmente del efecto sensorial de los acontecimientos externos en para poder manejar las impresiones que promovían en el individuo. Ese trabajo sobre sí, permitiría al hombre un mejor desempeño como gobernante, y en consecuencia, en cómo su incidencia en la vida de otros.

 La responsabilidad individual como eje para la salvación social

La salvación del grupo social, visto el término desde manera, parte entonces del sujeto que se ocupa de sí mismo, como el empresario, especialmente cuando sus decisiones y acciones afectan contundentemente el destino de otros. Esa es una virtud pero también un gran riesgo, cuando se interpreta tal implicación,  de una forma sesgada o altamente parcializada.  Vale para cualquier actor social. Al no existir una noción concreta y universal del concepto “socialmente responsable” –bien sea como individuo o como organización- estamos infiriendo que se trata de un nuevo impulso hacia el encuentro de una “verdad”, a la cual no han dado respuestas completas los intentos de mostrarla o “revelarla”. Tan solo que se sigue expandiendo como una necesidad social de validación mediante el dar cuenta de los actos solidarios o filantrópicos, a la cual se le busca conceptos y métodos que validen a un ente como socialmente responsable.

Es por ello que insistimos en conectar conciencia individual y responsabilidad social, partiendo de la responsabilidad individual. Los actores y organizaciones sociales más allá de sus recursos y destrezas involucran intercambio entre seres humanos. Una empresa, por ejemplo, es un organismo con vida propia, pero compuesto por otras células llamadas individuo que en su carácter autopoiético [3] se configura y preserva a si mismo en el intercambio con sus pares, ya sea consciente o inconscientemente y con incidencia en los grupos sociales y contexto con el que está vinculado.

En la búsqueda y pretensión de crear verdades absolutas bajo la interpretación de la responsabilidad social (y sus variaciones o prácticas afines) pueden dar nacimiento a doctrinas inflexibles, con sus componentes anexos: confesionarios, tribunal acusador y expiación de culpas. La cultura de la ocupación de sí terminó siendo suplantada por dogmas religiosos, con distintos ejemplos y momentos de radicalidad.

Hoy en día vemos que cuando tras una noción personal de salvación (propia de o de los suyos) se agregan deficiencias de autoestima o capacidad para el discernimiento, es muy peligroso. El fanatismo y la seducción bajo ideales de salvación pueden conducir, como lamentablemente hemos visto, a fatales agresiones contra el prójimo.

Abordándola desde su imprescindible dimensión ética, la RSE guarda visos con el eterno anhelo de la salvación, sumándole un check list de normas, parámetros, reglas, códigos y certificaciones. Y todos son necesarios para avanzar en el mejoramiento  o evolución de la gestión, por muy noble que sea la causa. Sólo que en la otra cara de la moda vale presente la vida humana como centro en el concepto del bien común, a partir de la oportunidad de acceder a “la verdad”. Y ésta implica contar con acceso al ser, lo cual es una labor personal. La conciencia de sí es la ganancia última de la práctica de sí y ésta, a su vez, es la piedra base de la responsabilidad individual la cual en su vínculo o convivencia con sentido del otro, configura al ser humano socialmente responsable.

@xiomarayamil

 

[1] Foucault, Michel. “Hermenéutica del Sujeto. Curso en el Cöllege de France”. Fondo de Cultura Económica. México. 2002. Pág.33.

[2] Foucault. P.198.

[3] Término derivado de autopoiésis, de Humberto Maturana que enuncia la hombre como una unidad auto-eco-organizada. Es un sistema de cierres, aperturas e intercambios, incluyente y excluyente, con dualidades y dinámicas interiores de antagonismos, complementos y conjunciones entre las distintas dimensiones de sí, y que abarcan el antagonismo racionalidad-afectividad. Esto le confiere un carácter complejo y dinámico a su personalidad sin disolver su identidad, sino enriquecerla mediante el ejercicio de sus roles y sus interacciones con el entorno y consigo mismo, mediante su Yo unificador.  Así los roles se configuran y religan entre sí, como parte de esa organización autopoiética y autónoma que es un ser humano, de la misma manera como lo son todos los seres vivos.

 

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