Un homenaje para Anita Zambrano, nacida en Boconó

Existen, han existido y existirán, personas notoriamente más arriesgadas que el promedio. Cuando se atreven a cambiar drásticamente el rumbo de su vida, crean un giro que marca el camino de su descendencia. Esa persona fue mi abuela, y probablemente su vivencia fue afín a la de muchas mujeres de su época que también sellaron el destino familiar. Decidí compartir una parte de su vida en este extenso post, a propósito de su centenario.
Alla abajo se ve el pueblo..
Boconó, un pueblo sembrado entre montañas

Esta historia comenzó en un apacible pueblo de los Andes venezolanos, donde la naturaleza brota multicolor, entre montañas, frío, y un rio del mismo nombre. Se llama Boconó. Atesoro su imagen producto de mis visitas, no muy alejada al valle de desbordante belleza descrito por distintos autores, quienes además coinciden en hablar del gentilicio boconés como laborioso, noble, honrado, constante y “celoso de sus propósitos”. Agregan esos pareces el interesante resultado de la fusión etnográfica local (origen indígena e inmigración española), conformando así un cuadro social de costumbres rurales -dada la acentuada vocación por el campo- junto al comercio, los círculos intelectuales y los ritos mágico-religiosos. O al menos así fue en los tiempos que dan cuerpo a este relato, en homenaje a mi abuela Ana de la Encarnación Zambrano Briceño. Esta es mi mirada. La construí con datos derivados de mi propia vivencia e investigación, notas sueltas que fui recogiendo en visitas al lugar, entrevistas, aportes de familiares y de otros informantes.

Ruinas de la casa de los bisabuelos Fernando y Emilia Zambrano

Ruinas de la casa de Fernando y Emilia

1918. El siglo va por su segundo decenio y el mundo occidental es testigo de la rendición alemana, concluyendo la Primera Guerra Mundial. Un año que da cuenta del fusilamiento de la casa real rusa a manos de los comunistas, y de una pandemia global llamada “gripe española”. Así lo aprendimos en la escuela, y de cuando en cuando,lo vemos en las películas. En ese cuadro no entran quienes, en esa misma fecha, no se enteraron de tales acontecimientos, ni vivieron alguna consecuencia cercana. En el hogar campesino de Emilia y Fernando ese 18 de octubre lo vital era atender el alumbramiento de Ana Encarnación. La beba era la tercera, después de un varón y una hembra, y a quien le seguirían otras 5 niñas más.

 

Conoció a los bisabuelo y nos cuenta la historia ...
Crispin en su relato

“Yo estaba chiquito, pero mi mamá me contó de esa boda de Emilia, la hija de Carmelo, con Fernando Zambrano. Decía que fue allá, en la Loma, más arriba de Miticún. Que la novia era bella y llegó a caballo. Estaban muy enamorados y se les quería mucho. La fiesta fue con violines”, nos contó Crispin, un nonagenario local cuando hicimos visita a Boconó en el 2003. Con sorprendente vitalidad y don de gentes, nos compartía tras rascarse la cabeza y hurgar en sus memorias: “Allí en esa casa y de eso sí me acuerdo yo, hacían muchas fiestas. Ellos eran alegres, pero la mejor de todos, era Anita. Ella era muy especial, muy distinta y le decía a uno que a ella no le gustaban los feos”.

Crispín seguía en el cuento, al tiempo que nos señalaba la entrada a un camino de tierra, en un área boscosa, que nos llevaría al sitio donde aún quedaban las ruinas de aquella vivienda. Me detuve. Mi mente se activó con la construcción de una Anita quinceañera, radiante en su mirada de ojos claros y larga cabellera avellana. Quizás, me dije, de esos episodios se trataba la vida que ella quiso mostrarme durante las conversas que solíamos tener después de ver el noticiero, en su apartamento. Una noche, alguna novedad en la tele hizo que se levantara del sofá, comentara algo de su pasado juvenil y con entusiasmo se recogiera un poco el vestido. Procedió a dar unos pasos cortos, con brinquitos. Sonriendo, con un dejo de picardía, dijo que así bailaban en sus tiempos mozos y que se llamaba polca. 

También en esas tertulias con visos de confidencia me contó que, en su diario trajinar campesino, dialogaba consigo misma y mantenía la firme convicción de querer algo más que casarse “con un peón” (así llamaban a los jornaleros). Prefería ignorar el galanteo de los muchachos a quienes veía trabajar duro bajo el sol en la pequeña parcela familiar. Se lo repetía mientras pilaba el maíz, preparaba la comida o ayudaba a cargar leña. Ella no fue a la escuela, porque en aquella época los adultos – especialmente en las zonas rurales- solían definir otras prioridades para las niñas. Pero a la pequeña Ana, a quien gustaba caminar por los campos bajo la lluvia, cobijada por un enorme sombrero, saberse analfabeta no la detuvo en su visión de un futuro distinto. Se las ingenió y pudo adquirir – aunque en forma muy rudimentaria- herramientas esenciales para defenderse en la vida: leer, escribir, sumar, restar y confeccionar ropa. Lo logró gracias a su acción autodidacta, y a la ayuda de terceros que accedieron a enseñarle. Ahora que lo pienso, creo que ella nunca estuvo consciente de su principal aprendizaje y posterior legado: el conocimiento, sumado a la propia voluntad, es la palanca que puede mover tu mundo, y el de otros.

Desafío al destino

1929. Un año después de los movimientos estudiantiles contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, la atención del hemisferio oeste estuvo acaparada por la Crisis económica norteamericana y la preocupación por el fortalecimiento del estalinismo. Mientras tanto, en varios puntos de Venezuela ocurría un alzamiento de origen militar, atomizado, y si quiere, ausente de coordinación, que culminó en una feroz cacería. Los habitantes del aislado territorio boconés no estuvieron exentos de tal arremetida, porque el valle cobijó a una parte de los insurrectos, liderados por el bando del general José Rafael Gabaldón. Civiles cayeron apresados, acusados de colaborar con la sublevación, y ante los ojos del pueblo muchos fueron sacados de sus casas o negocios por la policía del régimen, para llevárselos sin dar cuenta de su destino. Entre ellos se encontraba un par de comerciantes, propietarios de González & Briceño. El joven Adolfo, al no tener noticias de su padre, decidió salir de Boconó para buscarlo, donde sea que estuviera. Tardó siete años en regresar, luego de caer la dictadura, y sin él. Había fallecido sin recuperar su libertad, encerrado en el castillo de Puerto Cabello. 

Una mañana, la Anita adulta se prendó de Adolfo Augusto Briceño, de su figura varonil, atractiva, elegante, con aires de mundo. Sucedió un día cualquiera, cuando se él aproximaba sobre su caballo a la plaza mayor de Boconó. Ella no contó quién le habló primero a quien, sino que el chispazo fue mutuo. La semilla del romance cayó en tierra fértil y brotó WhatsApp Image 2018-10-14 at 1.49.55 PMrápidamente un sentimiento intenso. Tanto como el radical rechazo de su padre viudo a tal relación.

“Recuerdo que esa noche vi a Anita en la habitación, sobre su cama, muy arreglada, con un vestido blanco de piqué y pepas rojas” me relató una de sus hermanas, ya anciana, cuando accedió a conversar sobre lo que por mucho tiempo había sido un tema intocable. “Ella se veía como pensando, y fumaba en silencio. Le dije que saliera al comedor, ya la cena estaba lista y servida. Pero sólo pidió que la dejáramos tranquila, que ya se nos juntaba para comer. La verdad es que casi no nos hablaba, porque todos en la casa estábamos de parte de papá”.

Pero los minutos pasaban, y Ana no salía. Sentados en la mesa pareció escucharse un ruido similar al golpe de una piedra en la ventana. Cuando entraron, esta estaba abierta por completo. Una pequeña pizarra, reclinada sobre la cabecera de la cama, sustituía a su hermana. Estaba rotulada con el trazo de inconfundible caligrafía, algo rústica. El mensaje comenzaba con la frase “Tengo un capricho, tengo un amor feliz”…
“Al ver eso, mi papá lloró y lloró. Se desesperó. Tomó un cuchillo y dijo que iba a vengarse. Pero no lo hizo, no pasó nada de eso. Aunque nos tocó botar sus cosas, él la quiso siempre. Envejeció y nunca más se volvieron a hablar. Eran otros tiempos”, finaliza.
Del otro lado de la ventana, la esperaba sobre su caballo un amigo, cómplice del novio. Ella subió sobre la bestia y velozmente cabalgaron hasta el sitio del encuentro, que selló la promesa del convivir. Primero, en casa de su suegra Josefa Briceño, quien en todo momento amparó y protegió la relación. Poco después instalaron su nido y comenzaron su propio linaje.
Así, Ana de la Encarnación comenzó una nueva vida y adquirió una responsabilidad que mantuvo hasta el último suspiro. Durante ese comienzo, como solía ser también por aquellos días, la economía dependía del jefe de hogar. En este caso, se trataba de un hombre de comprobadas cualidades como emprendedor, nutridas con sus andanzas, estudios y la praxis comercial de su difunto padre. Ella, por su parte, halló el apoyo emocional y las enseñanzas que necesitaba para conducir el clan, en su madre política. También estuvo atenta a los conocimientos, orientaciones y vivencias de varios de sus cuñados, entre ellos docentes y universitarios. Así que contaba con juicios útiles, importantes para sí y para el futuro de la prole. En su pareja, además del amor, obtuvo un canal de sabiduría práctica que con frecuencia hizo alusión, a lo largo de su existencia. whatsapp-image-2018-10-14-at-6-51-50-pm-e1539803375468.jpeg Era el reino feliz de Ana Zambrano y Adolfo Briceño, cuyo precio a pagar fue, según la leyenda familiar, el rechazo de una sociedad conservadora, que desaprobaba una unión natural e ilícita.

La abuela que conocimos

Años 60. Caracas vibra de modernidad, de democracia y de una floreciente economía, siendo la capital más promisoria de Suramérica. Era el destino anhelado del provinciano, la puerta a una fuente de prosperidad. La escalera al ascenso social.

Mi abuela me contaba que jamás se vio –incluyendo el todo el grupo familiar- viviendo por siempre en el pueblo. Había un “algo más” tras esas serranías que podía mejorar sus vidas. Cuando el Mal de Chagas decidió sumar entre sus víctimas al abuelo Adolfo, a finales de los 50, a los hijos mayores ya se les tenía dibujado en su horizonte alguna carrera en las pujantes universidades públicas. Y así fue. No la frenó el impacto de lo que hoy llamaríamos exclusión y bullying social, ni el retWhatsApp Image 2018-10-17 at 2.39.39 PM (3)roceso económico y emocional que dejó la viudez. Por el contrario, el impacto de la pérdida del compañero fue su mayor motivación para arriesgarse a comenzar de nuevo otra vida, en la tentadora y desconocida ciudad capital. Sin saber de reingeniería, reorganizó los roles, tareas y responsabilidades en la familia, junto a una férrea y estricta disciplina. Esto hizo posible que el “Plan Caracas” no se quedara en sueños o a medio camino, como le pasó a otros que, sin éxito, terminaron engrosando las estadísticas de las migraciones internas que incidieron en el nacimiento de los cinturones urbanos de pobreza.

Esa es la abuela que conocí, algo rellenita, negada a a verse “más vieja” que otras mujeres cercanas, entre amigas y hermanas. Con ellas la discordia cedió al deseo del reencuentro y las reWhatsApp Image 2018-10-17 at 2.39.39 PM (1)laciones se retomaron, siendo Anita un ejemplo de valentía, firmeza y de visión. Casi todas le siguieron los pasos y se establecieron en Caracas, con sus respectivas familias.

Recuerdo que combatía enfurecidamente las canas con tinte rubio cenizo, remarcando su coquetería con colorete rosado y vestidos de su propia confección. Mujer conocida por su rigidez de carácter, con estrictos principios morales. La superación constante y el “fundamento, mucho fundamento” eran su leit motiv. Si le picaba la curiosidad de algo que quería saber no se quedaba tranquila hasta averiguarlo; y si empeñaba en un objetivo, no descansaba hasta conseguirlo. El que fuera. Tan importante podía ser sembrar y regar una planta para su florecimiento en el balcón, como lograr que un hijo se graduara de médico.

Fuimos testigos de su bondad y de su esmero en deleitar a la familia con la característica sazón trujillana. En esa labor de cocina uno la podía pillar cantando alguna melodía de moda en la radio, como aquel tema “Gavilán o Paloma” de José José. Para mi recuerdo, era peculiar su gusto por los viajes. Solía usar una vestimenta especial, con el toque de un sombrero amarillo, cuando viajaba a los Estados Unidos a visitar un hijo. Para ella era lo máximo, aunque lo único que hubiera aprendido del inglés era “Thank you”.

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Anita caminando por una calle de Curazao

Fue, hasta el final, la mujer que se levantaba de lunes a viernes temprano para caminar y luego sentarse a coser en su máquina Singer. La abuela que  conocimos negociaba con las vendedoras en los almacenes de telas, y sabía levantar la autoestima a las clientas menos agraciadas.

Murió en su hogar, bañada en afecto y junto a la mayoría de sus 10 hijos y 21 nietos. Ocurrió un año y medio después de que el mundo celebrara la caída del Muro de Berlín, finalizando la Guerra Fría; mientras que en Venezuela se empezaban a asomar ráfagas de oscura tormenta.

Hoy en día se han sumado 24 bisnietos a su descendencia, (otros ya vienen en camino), regados en 5 países, lejos de Venezuela. No la conocieron, pero la evocación les llega en sus casas indirectamente, en navidad, a través de las hallacas “al estilo de la abuela Ana”, del ritual de armar el pesebre en una esquina y aguardando del año nuevo, en familia, al ritmo de la legendaria Orquesta Billo’s Caracas Boys.

Y así, desde mi mirada, comparto este homenaje, en memoria a la madre de mi padre, nacida en el llamado “Jardín de Venezuela”, Boconó.

De sus hijos:

  “Mi mamá fue una madre ejemplar. La recuerdo como una mujer con principios morales, muy sabia. Fue muy guerrera, muy valiente. Se enfrentaba a cualquier situación y lo resolvía con mucha inteligencia. Era muy ahorrativa y tuvo el don maravilloso que le dio Dios a sus manos que supo y con la cual hizo feliz a un sinnúmero de personas,disenando y haciéndoles ropas espectaculares”.

“¿Mi mamá?  Mi coach favorito”

“Mujer luchadora,visionaria, persistente hasta lograr sus objetivos. Bella. Un amor de mujer”.

“Buena madre, trabajadora, cariñosa, y buena gente”. 

 “Ejemplo de  lucha y tenacidad por la superación de sus hijos”.

 “DoñAna, una madre con mucho carácter, muy atada a los principios morales, pero sobretodo dedicada enteramente a su prole.”

“Una mujer excepcional y visionaria que llegó a lograr lo que se propuso”

“Única en mi vida”

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2 Comentarios

  1. Sencillamente espectacular y muy motivador sobre todo en estos tiempos. Lamentablemente de una forma u otra, ahora las siguentes generaciones, sus nietos y bisnietos les ha tocado vivir el proceso migratorio, definitivamente ella es el ejemplo a seguir para cumplir las metas que se propongan como familas.

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  2. Gracias por tus comentarios. Sí, es un ejemplo a seguir en estos tiempos de diáspora. Valioso al igual que el de muchas mujeres que se trazaron metas por encima del promedio para su época y sus condiciones. Seres humanos con virtudes y defectos, pero por sobre todo, humanos, con visión.

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