¿De qué manera se entrelazan las ideas de dos figuras tan distintas, pero profundamente conectadas, para dar luz a los dilemas contemporáneos?
Durante las últimas semanas me han acompañado dos lecturas que considero, iluminan algunas de las reflexiones más relevantes de nuestro tiempo. Por un lado, cayó en mis manos el último libro del pensador Edgar Morín, quien falleció recientemente a los 104 años, titulado ¨Lecciones de la historia¨ (2024) a modo de legado para ¨dar luz sobre las distintas caras de la humanidad¨. Y, por otra parte, la divulgación de la Encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV poco antes de iniciar la visita a España, con un claro y contundente llamado a la protección de la dignidad humana en tiempos de la Inteligencia Artificial. Sumo a esto último la oportunidad de asistir a la misa celebrada en Tenerife y experimentar conscientemente la complejidad de ser participante y al mismo tiempo, observadora.
Quizás la primera gran pregunta que subyace, y que conecta ambas obras, sea la siguiente: ¿Está la dinámica evolutiva de las innovaciones tecnológicas, y su progresiva incorporación a todos los ámbitos de la vida, conduciéndonos a una profunda revisión del sentido de lo humano incluyendo el convivir?
El autor de la complejidad reitera una y otra vez la presencia de los elementos que caracterizan tal paradigma cuando insiste en afirmar que la historia humana nunca ha sido una marcha lineal hacia adelante. Las paradojas, contradicciones, tensiones, están allí y por ende los avances conviven con retrocesos, la creación con la destrucción, la razón convive con la locura. ¨La historia humana, un continuum de complejidad permanente, avances y retrocesos, retroacciones múltiples y apariciones ininterrumpidas de lo inesperado y lo improbable¨.
En conexión con ese entramado la encíclica propone la figura del poliedro versus la uniformidad, porque frente a la tentación de la simplificación y homogeneización, existe la versatilidad, lo múltiple, lo diverso, las múltiples caras de la experiencia. A modo sistémico, aborda la realidad humana desde su complejidad, y no resulta casual que, desde otra tradición intelectual se recurra a una imagen semejante.
La ecología de la acción
Una de las ideas que más llaman mi atención, en el marco de las 15 lecciones enunciadas, es el concepto de ecología de la acción: El resultado de una acción puede ser contrario a su intención inicial. Es decir, al ponerla en marcha entra a formar parte de un entorno complejo donde interactúa con circunstancias, intereses, retroalimentaciones y acontecimientos imprevistos. Y, por ende, los frutos pueden alejarse parcial, o significativamente, de lo esperado.
Esto ha ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia, aunque no es necesario mirar muy atrás para identificar las múltiples influencias de las innovaciones tecnológicas más recientes, y la imprevisibilidad de sus consecuencias.
Desde la mirada de la encíclica, la ecología de la acción puede interpretarse a partir del cuestionamiento al espejismo de la neutralidad tecnológica, porque, las decisiones humanas anteceden al algoritmo. Y tales mecanismos obedecen a intereses concretos con una propia cosmovisión. ¨No podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones¨.
La cuestión ya no es volver a los tiempos de Turing para preguntarnos qué pueden – o no- hacer las máquinas. La cuestión es preguntarnos qué estamos haciendo con ellas. Sin reduccionismos, ni simplificaciones, y con la claridad de que los avances implican ambivalencias, regresiones o afectaciones no calculadas, donde lo no probable se convierte en hecho.
La dimensión moral como tarea pendiente
Quizás, a mi juicio, la convergencia más interesante entre Morín y León XIV emerge a partir de dos ideas clave: para el pensador francés el progreso material no ha estado acompañado por un progreso moral equivalente, mientras que para su Santidad estamos ante el gran riesgo de la reducción de las personas a datos, en un contexto técnico, en aras de la eficiencia. Son distintos lenguajes que coinciden en señalar la enormidad de la paradoja sobre la cual pareciera estar construyéndose el presente y el futuro de la humanidad, en la cual la sofisticación tecnológica no resuelve los déficits de comprensión, solidaridad, confianza y dignidad humana.
En un mundo cuya historia está marcada por lo inesperado e improbable, quizás las preguntas deban conducir más allá de las propuestas que señala la encíclica: a la superación del reduccionismo técnico, la ¨corresponsabilidad valiente¨ y la formación de un pensamiento crítico para fomentar la ¨higiene de la atención¨, con una vocación de diálogo inter y transdisciplinar, diverso y sin prisas algorítmicas.
Porque al final la pregunta que sigue abierta no es tecnológica. Es profundamente humana.

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